El viernes pasado, mientras mi mamá y yo platicabamos sobre nuestras próximas vacaciones alcanzamos a escuchar una noticia en el televisor: "Un operativo en un antro deja al menos nueve muertos". De pronto nuestro paradisiaco destino se borró de nuestras mentes y pensamos en mi hermano, que había salido a bailar con algunos de sus amigos. Evitando preocuparnos de más, esperamos la hora en que el noticiero dio la nota. Al saber la ubicación de la tragedia respiramos aliviadas, olvidando, al menos por un momento, que nuestro alivio no borraba las horas de angustia que otros padres ya estaban sufriendo.
Esta tragedia es el producto de la corrupción que alcanza a todos los niveles de gobierno y que pone en peligro constantemente a la ciudadanía. Lamentablemente hace una semana se perdieron vidas humanas y sólo se han emitido excusas, pretextos. Todos se lavan las manos.
He escuchado a la gente decir "En dónde estaban los padres de estos muchachos cuando ocurrió la tragedia" en vez de preguntarse por qué las autoridades, encargadas de velar por la seguridad, tomaron decisiones estúpidas que arrebataron la vida de estos muchachos.
Ser habitante de una colonia popular y gustar del reggaetón no debe ser motivo para convertirse en una víctima. Debemos darnos cuenta de que todos somos posibles víctimas porque la corrupción y la impunidad conviven con nosotros, tan acostubrados estamos a ellas que sólo cuando se crea un circo mediático es cuando nos detenemos un momento a analizar la gravedad de la situación.
Alejémonos un poco de este caso y veamos otros que afortunadamente fueron distintos pero que ponen en evidencia la falta de una regulación seria que protega nuestro derecho de divertirnos y que cuide nuestros intereses al momento de asistir a un evento o espectáculo.
En el pasado festival Colmena un "error logística" provocó que cientos de personas quedaran varadas en un "recinto sagrado", poniendo en peligro su integridad física. Muchos manifestaron su molestia a través de quejas y denuncias, sin embargo, otros más se contentaron con haber presenciado apenas unos minutos de su banda favorita.
Hace algunos años asistí a una presentación de los Dead Kennedys y los Misfits, respaldada por una supuesta empresa seria. Lamentablemente la estupidez de unos cuantos arruinó el evento y los asistentes tuvimos que abandonar el lugar tratando de salir ilesos de la campal que se armó en el interior del lugar.
Lamentablemente hay gente siniestra que maneja los antros, gente inepta y ambiciosa que se llena los bolsillos con eventos mal planeados y gente violenta que asiste a los mismos. Si a toda esta escoria se le agregan algunos policías con órdenes criminales pues entonces podemos darnos cuenta de qué tan jodido está el asunto.
Thursday, June 26, 2008
Thursday, June 19, 2008
Pura desconfianza
Cuando se anunció esta exposición se dijo que las piezas que la conformarían saldrían por primera y única vez de Egipto para celebrar el 50 aniversario de relaciones diplomáticas entre México y ese país. Por obvias razones, siempre hubo desconfianza por parte de la delegación egipcia y se tuvieron que extremar las medidas de seguridad. Esta determinación logró que muchos de los visitantes se quejaran por las excesivas restricciones que incluso sobrepasaron las dispuestas para visitar la colección permanente del museo.
Dos semanas atrás respondí la queja de un visitante que lamentaba las medidas adoptadas e insistía que estas eran producto de la paranoia de las autoridades mexicanas. No pude convencerlo de que la delegación egipcia fue quien impuso las condiciones de la exhibición. El día de ayer pude cerciorarme de que la desconfianza es excesiva. Dos intregrantes de la delegación egipcia vinieron a mi oficina para pedirme algo que no entendí hasta la enésima vez que lo explicaron.
En un mal inglés hablaron de mandar un reporte a Egipto, entonces yo les ofrecí la posibilidad de prestarles una computadora o un fax. No, no querían eso, entonces hablaron de que ellos temían que el informe no fuera recibido en Egipto, nuevamente les ofrecí una computadora, un fax o un teléfono, para confirmar que hubieran recibido el escrito, pero tampoco querían esto otro. Entonces hablaron de que el Sr. Mogub haría un escrito, ahí fue cuando me perdí, les pregunté que quién era el Sr. Mogub y sólo apuntaron hacia la oficina del administrador del museo, que no se apellida Mogub, sino Martínez. Desesperados al ver que yo no entendía lo que necesitaban me pidieron que los llevara con alguien que supiera hablar "un buen inglés". Respiré hondo y los acompañé con las guías del museo. Ellos dieron la misma explicación y otra vez nadie entendió bien lo que necesitaban. Finalmente entre todas adivinamos el problema. El administrador les había prestado una computadora para que enviaran su informe a Egipto, pero ellos temían que cuando regresaran a su país, les dijeran que jamás habían recibido el escrito, así que querían que el administrador les firmara un documento que avalara el envío. Definitivamente me pareció el colmo de la desconfianza.
Hoy estuve pensando mejor las cosas, tal vez su exageración tenga motivos. El museo únicamente sirvió de sede para la exposición y ningún área del instituto que se encargó de la planeación y montaje de la misma ha tenido la delicadeza de resolver los asuntos pendientes. En estas condiciones, las precauciones nunca son suficientes.
Dos semanas atrás respondí la queja de un visitante que lamentaba las medidas adoptadas e insistía que estas eran producto de la paranoia de las autoridades mexicanas. No pude convencerlo de que la delegación egipcia fue quien impuso las condiciones de la exhibición. El día de ayer pude cerciorarme de que la desconfianza es excesiva. Dos intregrantes de la delegación egipcia vinieron a mi oficina para pedirme algo que no entendí hasta la enésima vez que lo explicaron.
En un mal inglés hablaron de mandar un reporte a Egipto, entonces yo les ofrecí la posibilidad de prestarles una computadora o un fax. No, no querían eso, entonces hablaron de que ellos temían que el informe no fuera recibido en Egipto, nuevamente les ofrecí una computadora, un fax o un teléfono, para confirmar que hubieran recibido el escrito, pero tampoco querían esto otro. Entonces hablaron de que el Sr. Mogub haría un escrito, ahí fue cuando me perdí, les pregunté que quién era el Sr. Mogub y sólo apuntaron hacia la oficina del administrador del museo, que no se apellida Mogub, sino Martínez. Desesperados al ver que yo no entendía lo que necesitaban me pidieron que los llevara con alguien que supiera hablar "un buen inglés". Respiré hondo y los acompañé con las guías del museo. Ellos dieron la misma explicación y otra vez nadie entendió bien lo que necesitaban. Finalmente entre todas adivinamos el problema. El administrador les había prestado una computadora para que enviaran su informe a Egipto, pero ellos temían que cuando regresaran a su país, les dijeran que jamás habían recibido el escrito, así que querían que el administrador les firmara un documento que avalara el envío. Definitivamente me pareció el colmo de la desconfianza.
Hoy estuve pensando mejor las cosas, tal vez su exageración tenga motivos. El museo únicamente sirvió de sede para la exposición y ningún área del instituto que se encargó de la planeación y montaje de la misma ha tenido la delicadeza de resolver los asuntos pendientes. En estas condiciones, las precauciones nunca son suficientes.
Tuesday, June 03, 2008
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