La cercanía que he tenido con mi abuela materna desde la infancia mucho me ha servido para aprender y poner en práctica numerosos remedios tradicionales contra algunas dolencias frecuentes. Tantas veces he utilizado algunos de ellos que ni siquiera dudo de su efectividad, por eso en ocasiones en lugar de recurrir al botiquín, como un médico, amigo de la familia, me aconseja, me dirijo a la cocina y hago los respectivos preparados.
Cuando nació mi hermano menor yo tenía siete años, edad propicia para contraer todo tipo de afecciones virales y demás, por lo que al primer síntoma de varicela, sarampión, etc., mis padres, preocupados por un posible contagio al recién nacido, decidían llevarme, con maleta preparada para una estancia aproximada de dos semanas, a casa de mis abuelos maternos. Este tipo de aisalmiento, durante los primeros años de vida de mi hermano, nunca me disgustó, al contrario, eran una especie de vacaciones en las que podía hacer cosas que generalmente no hacía cuando me encontraba en casa. Pasaba las mañanas en compañía de mi abuela, quien preocupada por mi pronta recuperación, me explicaba los remedios que sin lugar a dudas me ayudarían.
Las medicinas recetadas por el doctor tan sólo eran complementos de los amorosos cuidados y remedios que ella se empeñaba en prodigarme. Cuando tuve varicela, la comezón era tan intensa que para mitigarla un poco, mi abuela llenaba la tina con agua tibia, le agregaba hojas de lechuga y me sumergía allí durante un buen rato. Colocaba algunas hojas en mi cuerpo y para evitar que yo me rascara, me pedía que bañara a alguna de sus muñecas. Cuando mi baño y el de la muñeca terminaban, me secaba y me espolvoreaba con polvo de haba. La comezón no cedía ante el remedio, pero el baño a media mañana me provocaba el sueño que mi abuela esperaba.
De todas las recetas que sabe mi abuela, mis favoritas siguen siendo las que recomienda cuando una simple gripa te ataca. Porque al remedio lo acompaña una historia, así que mientras mezcla manteca de cerdo con bicarbonato para preparar unas plantillas que sólo deben usarse por las noches cuando se sufre de fiebre y malestar provocado por la gripa, dice "Cuando yo era pequeña, mi mamá no tenía el suficiente dinero para llevarnos al doctor o comprarnos medicina, así que si teníamos tos, cortaba una cebolla y le colocaba azúcar, la dejaba reposar una noche en un recipiente y por la mañana nos tomabamos el líquido que se formaba a manera de jarabe". De esta forma, al sentir yo las cosquillas que hacen sus dedos al untar la mezcla en mis pies, me doy cuenta de lo afortunada que soy al escuchar sus consejos y aún tener sus cuidados.
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