Tuesday, January 31, 2006

Mi clase de Educación Física

Cuando era niña detestaba la clase de Educación Física, me parecía un terrible pretexto para restarle quince minutos a mi clase favorita, la de Inglés. Supongo que la mayoría de los niños no compartían mi opinión pero yo prefería estar sentada en el salón de clases y escuchar la lección, a estar en el patio o el jardín y tener que soportar el calor o el frío, según la temporada. Por supuesto que lo peor no era el clima sino el profesor que invariablemente daba órdenes desde el comienzo de la clase. El calentamiento iniciaba y el no movía nada más que su boca, puesto que contaba las múltiples series de ejercicios que nos ordenaba repetir: "Uno, dos, tres, cuatro, ¡Vamos, no se queden paradas o volverán a hacer el ejercicio!

Así continuaba la clase y mientras todas sudabamos él se mantenía tan fresco como una lechuga. Sus únicos esfuerzos consistían en los que realizaban sus cuerdas vocales y sus pulmones porque también era un aficionado al silbato. En ese entonces me imaginaba cómo el profesor, fuera de la escuela, podía llevar una conversación normal, si la mayoría de las veces terminaba las palabras con un silbatazo o utilizaba una técnica en donde alternaba palabras y pitidos.

Nunca me he podido explicar por qué siendo él un experto en la Educación Física, nunca hizo siquiera una flexión para recoger cualquier objeto que se le escurría de sus rechonchas y torpes manos. Siempre se limitó a ordenarnos algo que nunca en su vida había hecho, como correr alrededor del campo de fútbol de la escuela.

A qué viene todo esto, pues sencillo, a que acabo de recibir un correo cadena en donde se enumeran diversos estereotipos del "odiado jefe". De verdad que me hizo pensar en el mío y en su parecido con mi profesor de Educación Física.

Malditos correos cadena, cómo quitan el tiempo, pero cuántas anécdotas nos recuerdan.

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