Desde hace poco más de dos años dejamos de comprar garrafones de agua para la oficina, la causa fue que la mayoría de las veces sólo tres personas, de diez, pagábamos dicha compra. De esa fecha hasta ahora hemos tenido que recurrir al filtro de agua que se encuentra a unos pasos de la oficina, claro que algunos han preferido caminar casi la misma cantidad de pasos para llegar a la máquina expendedora de refrescos. Yo en lo personal prefiero tomar agua y que conste que lo hago por puro gusto y no por seguir los consejos sobre salud que han puesto tan de moda las campañas publicitarias.
Desde pequeña he mostrado mi preferencia por el agua muy por encima de cualquier tipo de bebida refrescante, y esa preferencia me hizo sufrir muchos disgustos en la infancia ya que, por el contrario de lo que sucede ahora, no se podía conseguir agua embotellada tan fácilmente. Por esta razón mis padres acostumbraban siempre llevar en el auto una jarra llena de agua, no importaba que los recorridos fueran cortos o largos, a mí nunca me faltaba el agua. La única desventaja, en ese entonces, era que al dejar el agua dentro del auto no había manera de preservarla fresca por lo que en ocasiones tenía que beberla poco más que tibia, dependiendo del calor que hiciera. Supongo que a nadie le hará gracia beber agua tibia pero para mí pudo más la fuerza de la costumbre y aún ahora no bebo el agua con hielo o demasiado fría.
Por ahora puedo decir que vivo en el paraíso, en cualquier tienda o puesto callejero puedo encontrar mis preciadas botellas, las que pienso comprar nada más que pueda salir de este lugar, en donde la llave del filtro se ha negado a cooperar para calmar mi sed.
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